Deja una impresión |
19/08/2008 |
El instinto gregario, o algún misterio genético de esos que descubren los monjes o los científicos, artistas de la fe todos, ha acabado reuniendo a la mayor parte de la población de un territorio desértico en su centro, cuanto más lejos del mar, mejor, junto a un río metafórico, el Manzanares. Entiendo que los madrileños estén de mal humor permanente. Ya, ya, no debo tomar la parte por el todo y menos si la parte es la del gremio del taxi, pero nada más coger uno se te contagian los malos humos de la capital de España. Es pensar que voy a ir y ya me pongo como un taxista tipo COPE. Quizá era eso lo que me pasaba en Vigo. Dejar atrás los árboles que veranos anteriores y sus interesados pirómanos dejaron de recuerdo en Galicia (deberían ser juzgados como genocidas que son) y dirigirnos al centro atraídos por la concentración humana y caprichosa, me hacía sentir como un cosmonauta que, tras disfrutar las mieles del espacio infinito del azul y el verde, fuese engullido por un agujero negro sin tiempo siquiera de mandar un breve relato a la NASA o a la FNAC. ¿Que Madrid tiene bonitos alrededores? No lo dudo. ¿Llega el metro o hay que ir en cohete? En coche no se puede. Ni se puede aparcar en la puerta del Colegio de Médicos, donde íbamos a tocar. El vigilante jurado, que bien podría haber sido taxista en una vida anterior (son colectivos de profesionales fácilmente intercambiables, y ni el Ministerio del Interior ni la DGT se pondrían de acuerdo en decidir qué es más peligroso en manos de alguien que se aburre, si una porra o un coche), nos contó convencido que esos trozos de calzada eran para que los que trabajaban allí dejaran sus BMW´s y sus Mercedes: los médicos colegiados. Con una guitarra en la mano uno no puede decirle a nadie que va a trabajar también; a todos les resulta de lo más contradictorio, y levantaría miradas de sospecha no sólo en un guardia, sino entre los propios médicos. Más si cabe si les obligas a meterse el coche donde les quepa. Sección abuelote: "recuerdo cuando dejaba el SEAT ritmo en la entrada de la cochera que había junto a la Sala Maravillas, en san Vicente Ferrer, hoy Nasti, creo, mientras descargábamos los pocos cacharros que llevábamos. Después, mientras los del grupo empezaban a beberse todo lo que los hermanos Morán tuviesen a bien regalarnos –que era todo lo que pudiéramos bebernos y más-, daba mil vueltas por Malasaña con la rara compañía de Jesús Llorente, que trataba de convencerme de que algún día las cosas irían mejor. Y vuelta a pasar por la puerta del garito, ya veía a uno y a otro caminando sin rumbo, botella verde en mano, esperando la llegada de los que no tenían aún ni Internet para darse ánimos a falta de noticias, ni dinero para parking: los jefes". A cuatro metros de la puerta trasera vi uno. 10 de abril de 2008. Eso sí que fue un resplandor. Una alegría como recuerdo pocas. ¡Había aparcamiento! En el centro de Madrid. Zona verde, de pago, por supuesto. La gente del PP tiene billetes. Pero las multas de parking rara vez llegan de una ciudad a otra. En los ayuntamientos tienen bastante con lo que les resulta fácil cobrar como para que tengan que alargar sus cómodas jornadas laborales haciendo algo complicado. Se agradece. Entré. Comprendí que jamás iría del camerino improvisado en una solemne sala de juntas al lavabo desinfectado sin perderme. Puse un vaso de plástico sobre la mesa de caoba. Comprobé que no dejaba cerco. Vi que los asientos eran minúsculos. Creí a pie juntillas que el español ha crecido 9 centímetros desde que vivimos en democracia (la paz hace en nosotros lo que las aguas frías en los peces; nos hace mayores). Me alegré de ser el que cantaba y no un espectador. No habría cabido en absoluto en las sillitas de madera, como me pasó cuando me invitaron a los toros en la Maestranza de Sevilla y mis rodillas me recordaron lo lejos que estoy de Franco y del siglo XIX, casi tanto como de Sevilla y del calor, de hecho. Prefiero los líquidos fríos. El mar. Crecer. Jubilarme. Comprendo que Ortega Cano disfrute con la bebida. Yo disfruté con su toreo tanto como me habría apetecido estar viajando con Vueling y sus asientos para niños. El evento estaba patrocinado por Ballantines, vi mi cara en los carteles, volví a reírme pensando en lo inoportuno del nombre del disco, que contiene dos veces la palabra "ron", ninguna vez "whisky". Tampoco era un colegio de médicos el mejor sitio para anunciar bebidas de pistoleros. Quizá consumida con responsabilidad… Lo que los médicos digan, por supuesto. Y ellos dirán lo que convenga, claro. Y lo que conviene es un coche grande, ande o no ande. Con la entrada regalaban una camiseta. Eso lo he pensado yo mil veces, aunque no con esa camiseta que combina la marca de whisky con mi cara serigrafiada, sino con otra mucho más bonita que mandé hacer para venderla en los conciertos y que se queda en casa casi siempre; pereza pura. Un día me puse una para ir a hacer jogging, una de las del Leave an impresión festival, que así se llamaba el invento, normalmente publicitado por Bob Dylan o por John Mc Enroe, cosa que me divertía, pues yo, como Marcel Proust, empecé tocando la guitarra con la raqueta de tenis. Él agarró el bolígrafo y/o la pluma y yo una guitarra tan fea como la del cartel del Zimmerman, en un error tan claro como veía Mc Enroe los de los jueces de silla. Y allí que cupo todo el mundo, en el anfiteatro y sus sillitas, expectantes como buenos espectadores que hay en Madrid, pues donde está casi todo está también casi lo mejor. No había escenario. Estábamos en el suelo. Nuestras cabezas más abajo que las del respetable. Al revés de lo habitual, cuando la altura del escenario y las luces cegadoras ayudan a que la gente vea a los artistas (sorry) como en un truco de magia, cuando la magia consiste en realidad en cegarles para que no sean conscientes del disparate que están haciendo. Sólo había luces blancas. Si no se llenó, faltó muy poco. Sumen a estos datos mi timidez y se harán una idea del mal rato. A Jordi se le rompió una cuerda, como pasa siempre que hay tensión. Aquel día la tensión jugó a nuestro favor; menos mal. He visto mil veces al Betis perder contra el Madrid por miedo. Les maldecía por ello. No quiero cometer ese error. Y menos en ese Bernabeu siniestro como una iglesia. Es gracioso cómo los curas y los médicos usaban el mismo truco de lo lúgubre para asustar a sus fieles. Digo usaban porque el otro día mi hijo me hizo entrar en una iglesia (porque le encantan las campanas y aún no comprende que están arriba, no dentro, como sería el caso de Dios si existiera), y disfruté viendo que no había más de 10 viejas rezando contra lo inevitable, y me preguntaba por qué el rey de los judíos no ha previsto la contratación de un mejor equipo de sonido para sus pregoneros; no me enteraba de nada de lo que el cura decía, aunque mi hijo susurrase, respetuoso con la Virgen a la que había visto en procesión dos calles más abajo unos días antes; la del Carmen. Los médicos asustan para que se les tenga en cuenta. También luchan contra lo inevitable. Y en ambos casos faltan vocaciones; descubrí que el cura de la que sería mi parroquia es, como el que sería mi médico si fuese más a menudo, de América del Sur. Cuando mi vocación como artista flaquea (de ahí lo del "sorry" de antes), pienso en ocupar alguno de esos puestos, pues se ve que hay demanda. Creo que un cura estudia menos que un médico. Yo no estoy ya para muchos estudios. Aunque echaría de menos algo muy importante, pues los curas no pueden tener hijos. Un cura asusta más. En fin, me conformaría con tocar las campanas con mi hijo. Ay, con la timidez me pongo serio, con la seriedad asusto. Imagino que dimos un concierto imponente. Los de Sinnamon y Ballantines se portaron bien, y los altavoces y demás aparatos estuvieron a la altura. Me atrevo a decir que ganamos, porque no recuerdo nada más de aquella noche. ¡Ah, sí! Un vademécum de fármacos acabó inexplicablemente en el coche, y yo acabé en el Costello con gente que empezaba a conocer, cosa que adoro más que ninguna otra en la sociedad del autoconsumo rápido y de la venta ambulante no identificada. ¿O me confundo de día? ¿O de noche, como decía aquel chulo barato?
Escrito por Antonio Luque
a las 10:36 |
|
|
Ahora que tengo tiempo |
28/07/2008 |
Con el Terral en Málaga el aire quema y el agua está helada, pero como la de la ría de Vigo no. Ni hablar. Llego a saberlo y se tira del barco la madre que parió a Pingu (qué lote de Pingu me estoy dando). Edu, de Nadadora, se encargó de sacarme de las cotas más altas de ostracismo, entre las que me muevo como perla que soy (un perla), antes que nadie, y preparó unas cuantas noches del tipo: "con ustedes el de chinarro con la acústica". El disco,"Ronroneando", acababa de salir, y algunos encuentros con la crítica musical me habían animado lo suficiente como para plantarme a más de mil kilómetros de casa, yo solo, una semana, en un hotel desde el que veía la lluvia cayendo a manta sobre la ciudad de Vigo entera y, mirando debajo de la cama, las sandalias que equivocadamente elegí como calzado entre los primeros calores de mi barrio. No sé en Galicia, pero aquí era ya abril. Disculpen un segundo, voy por un higo chumbo. ¡Qué maravilla! -Mientras no vuelva a ver al señor que, con su moto campera tuneada con alforjas, vendía el delicioso fruto de la tuna, que es gratis pero nadie coge, porque pincha, no creeré en lo de la crisis en absoluto. También es verdad que es que la gente no toma fruta, y prefiere esos botecitos en los que aseguran que está contenida "una pieza de fruta entera". ¡Oh! Más que una crisis sospecho que pronto habrá una guerra. La humanidad estalla a veces, colapsada en su propia estupidez. La gente es peligrosa cuando se aburre, y se aburre cuando es vaga -. Yo no soy vago y no dudé en coger la guitarra y largarme, pero a ratos me aburrí, raro en mí (morriña quizá), y cuando al final llegó la banda para acompañarme en nuestra cita en la Universidad de Vigo, mostré a todos mi cara más antipática, la del tipo "el resplandor". Uno de ellos se dejó el bolso encima de la furgoneta en una gasolinera portuguesa y, nada más terminar el concierto, ya de noche, retrocedieron 200 Km por la autopista con fe en el reencuentro -con los documentos al menos-. Si hay algo que me ponga nervioso es un documento. Si hay algo que me ponga aún peor, es un reencuentro. Pero con lo que no puedo, definitivamente, es con la fe. Es superior a mis fuerzas. Confieso que me fallaron las fuerzas en los días en que les estuve esperando. Lo del barco estuvo bien. Un poco bateau ivre, la noche anterior hubo fiesta. ¿Orense? ¿Carballo? ¿Pontevedra? No puedo poner en orden los acontecimientos. No escribo así por gusto. Salté allí, en medio de la ría, sabiendo que soy muy torpe escalando y que subir a un barco es difícil, más aún si va en marcha, porque quise acabar con la resaca. Y casi acabo con el pack completo de mis males. Es cierto que a bordo habría muerto a lo Jimi Hendrix (por lo del vómito, por supuesto, la guitarra se quedó en el hotel, tan útil como las sandalias, aunque ese día no llovía, de ahí lo del barco; la fiesta de la noche anterior no fue como para embarcarse hasta en mitad de una tormenta). La cara que se me quedó al salir del agua congelada, después de haber profundizado mucho más de lo que mi dolor de cabeza necesitaba, acostumbrado a la profundidad donde no la hay, y ver el barco a una fracción no desdeñable de una milla náutica, mida cuanto mida la dichosa milla, podría haber sido expuesta en todos los bares de música de la Comunidad Autónoma con una incomparable afluencia de público, que se dice. Fijo. Quedará sólo en el recuerdo de los de Coconut producciones, de Edu y Nacho, y de los colegas que les acompañaban en el barco, cuyos nombres no recuerdo, y que hablaban del fin del negocio de la construcción, mientras Edu meditaba tirarse por la borda sin intenciones fijas. Sé que en Orense conté un chiste y que la catedral estaba rodeada de edificios que la escondían. Que en la Costa da Morte también tienen dificultades para cocer bien el pulpo (riquísimo en todo caso). Allí me contaron que un portugués entró en un bar pidiendo un café porque le daba corte pedir auxilio para su hijo, que se estaba ahogando, sin hacer algún gasto antes. Me lo creo. De Pontevedra recuerdo una plaza animadísima. Me están dando ganas de ir. Voy a mirar vuelos. Bah, ahora es imposible. Con esa manía que tenemos de hacer las cosas a la vez… aunque individualmente. No sé si me explico. Pienso en la hora de atascos que se traga buena parte de población cada mañana. Cada uno en su nuevo coche. A estas alturas todos deberían saber que para llamar la atención con un coche hay que dedicarse a algo ilegal, por narices. Bien, ¿nadie ha pensado en mejorar el tráfico diversificando los horarios laborales del personal? Voy a dar ideas. De 8 a 13 y de 17 a 20. De 9 a 14 y de 16 a 19. De 10 a 18,30 con 30 min para comer. ¿Sigo? Igual con las vacaciones y los días libres. ¿Dónde está la playa los domingos? ¿Dónde está el mundo en agosto? ¿Dónde está el aire de la circunvalación por las mañanas? Sepultado todo en una coincidencia absurda. ¡Dios mío, el coche en el que fuimos de una ciudad a otra! ¡Qué gozada! Veamos: un coche con dirección asistida no es un coche, es una playstation. Y a mí jugar con pantallitas no me va. Pero con ese coche… ¿Qué modelo era? Es igual. Pedí por favor que me dejaran conducirlo. Desde Carballo hasta Vigo, sí. Carretera nacional, nada de autovía. La autovía es sólo útil para el afán recaudatorio de la Benemérita. Si no se puede correr, que al menos haya paisajes y ventas de carretera. Y vaya si había paisajes. Y vaya si había ventas. Y curvas en las que había que trabajar, como está mandado. La pereza. La pereza acaba con todo. Ya me lo decía Bartolo, el cura del Instituto, que creía ver en mí algo de vocación, aunque ni él, que me habrá olvidado, ni yo, que lo intento, sepamos aún de qué era la vocación. La tortilla de patatas bajo las flores. ¿No se puede detener a los del Supersol, por llamar patatas también a eso que venden y que han estado a punto de estropear mi último pulpo, para una vez que lo cuezo perfectamente? Comiendo en Vigo, ya los chinarros en pleno, pasó que las mesas eran como de pupitres de colegio en los 70 (cosas que pasan en Galicia y en Portugal que dan ganas de volver). Al otro extremo de una hilera de mesas de esas cenaba un tipo alto y desgarbado, como yo, pero sueco (suerte que tiene, allí disfrutan más del orden; no parece que lo tengan prohibido, al menos). Dos sevillanos habían ido en busca de la maleta perdida. Mi nerviosismo no desapareció tras tocar en el salón de actos. 9 de abril. Cumpleaños de mi madre. Fecha de nacimiento de Baudelaire. A este no le felicité, me habría gustado. Primera vez que tocábamos los cuatro con el disco ya publicado. No sonó mal. Había bastante gente. Alguno bailaba. En la prueba de sonido no se conectaron los focos. Cuando empezamos a tocar y se encendieron las luces (verdes casi siempre; el estigma andaluz, imagino), una interferencia retrasó unos instantes el comienzo. Un ruido indeseable. Supe entonces que haga lo que haga en la vida, nada cambiará (no me rendiré, ni seré vago, aunque no me faltarían razones), y, aunque aquel día los de chinarro volaron sobre Portugal en furgoneta para llegar a tiempo a la prueba de sonido, el sonido verdadero empezó por las luces y ante el respetable, oh, sorpresa, y la gira empezó como corresponde a un disco más bien triste: con mis ganas de gritar y de llorar y de patalear en el escenario. Solución prevista en lo sucesivo: técnico de luces de la casa. De mi casa, vamos. Por expertos que no quede. ¡Viva España! El pobre sueco estuvo a punto de pagar el pato. Cuando estoy de malas pulgas siento siempre que no quepo. En los calzoncillos. En los pantalones. En los asientos. No quepo. Me retuerzo. Quise empujar las mesas cuando alguien me sugirió que para tocar bien debíamos ir de un sitio a otro en autocaravana. Ese es exactamente el paso previo a querer hacer una gira en el barco de vacaciones en el mar (the love boat). Y ya me imaginé el presupuesto de piñas coladas y vi al sueco rebanando un queso de tetilla y casi levanto la voz. Y sin el casi. No empujé las mesas ni nada. Me faltó un pelo. Me alegré, pues habría jorobado al cantante del grupo que a continuación vimos en La Fábrica de Chocolate; un grupo llamado "Subterranean Kids with Byblical Names" que me gustó bastante, al menos cuando cantaba él, el desgarbado, zurdo con guitarra para diestros a la que no le había cambiado el orden de las cuerdas. Qué arte. Eso me hizo pensar que es posible que aquel juramento que hicimos mi amigo Ventura y yo cuando decidimos hacer un grupo en el instituto (más o menos: "no aprendamos jamás, seamos originales") no fuese en absoluto una tontería, y que la crisis acerca de lo que en Sr. Chinarro andábamos haciendo en general fuese para mí desde entonces más real que la afonía de Solbes, D. Pedro. Recuerdo que en la Fábrica fumé. Me tranquilicé. Me alegré de que la banda hubiese llegado . (O casi; dos seguían su increíble aventura). Puede que yo mismo deba ir a buscar papeles perdidos, ahora que tengo tiempo.
Escrito por Antonio Luque
a las 10:44 |
|
|
Llevar un Ford Ka siempre es conveniente |
09/07/2008 |
Hoy he visto un poco la tele. Los informativos me han hecho sentir inseguro. Después amontonaban anuncios de rebajas; todo estudiado. Han hablado de la gente que se baña en los pantanos. La noticia es siempre "VIENE LA MUERTE". En el "Ribagorza Pop Festival" dije, desde el escenario, gracioso que soy, que había hecho por primera vez en mi vida dos cosas ese día. La primera, bañarme en un embalse, el de Barasona; la segunda, derretirme en público, deshacerme ante unos espectadores, pocos, pero atentos como quien contempla un deshielo y espera paciente a que se inunde un paisaje para disfrutar con la posibilidad de morir ahogado en él. Disfruté nadando entre las copas de unos árboles frondosos; quizá sobrevivan, me dieron lástima. Cada vez siento más admiración por la vida vegetal y menos por la animal. Por lo que nos contaron las camareras del hotel, el pantano se vacía y se llena cada año. Así quiero hacer yo con los discos, pero parece que al mercado musical tal ritmo le viene grande, y sólo quiere ritmos machacones o bailables, para gente aturdida que puede pensar lo justo para aturdirse más. Por la noche intenté compensar la amabilidad de las chicas, con sus cervezas y relatos. Lo intenté sin éxito, pues sé tocar muy pocas canciones en español, y hacerlo en inglés me hace sentir ridículo. También en francés, aunque mis ánimos de conquistador de poca monta y la cercanía de la frontera francesa hicieron que pasase por mi cabeza "La Javanaise" de Gainsbourg (sí, ese al que menciona tanto francés coñazo hoy día sin llegarle ni a la suela del zapato). Véase http://www.youtube.com/watch?v=oTeECXyhIiY&feature=related Luego, porque nadie me ve, intentaré el "altos y frondosos (son los árboles que tú eliges para esconder tu amor)", de La Unión, antes de que La Unión cayera en la miseria que conlleva querer gustarle a todo el mundo después de haber luchado tanto por enseñar a los demás alguna diferencia propia, exagerada con ánimo de entretener un poco. La unión sólo hace la fuerza de la unión. Por supuesto, canté el Vampiresa Mujer, del gran Jonathan Richman, ese hombre que va acompañado por un colega y lleva una mesita de mezclas con la que se pone cómodo en el escenario (los monitores y tal, ver capítulos anteriores).
Ay, el verano. Recuerdo cuando llegamos al festival de Benicàssim en mi ford Ka, hace ya siete años. Ahí abajo hay un Ford antiquísimo a la venta. Parece uno de esos Buick. No pone el precio, no llamaré, aunque no hay coches como los Ford. Me preguntó un amigo si iba a Benicàssim este año. Sólo con batallitas de ese festival tendría para escribir una enciclopedia del despropósito. Me siento viejo para ir como espectador y, total, el mar ya lo tengo delante. Iré a Villanueva de Algaidas el sábado; tocan los Nomads, de los que era fan cuando iba al instituto. Ya con eso tendré bastante para calmar la sed del nostálgico. ¿Y las ganas de fumar que me ha dado Serge? Pero claro, mirad sus dientes. Qué poca vergüenza tienen las autoridades sanitarias. Vi en la tele cómo añadían las salsas con las que lo hacen aún más adictivo. 500 sustancias tóxicas contra las que nadie mueve un dedo. A mí, dejarlo va a costarme una ruina. Llevo 75 días de mal humor. Y negar a la banda la posibilidad de contratar a un chauffeur por el mero hecho de que todos los grupos con discos en el mercado lo hagan, aunque lleguen a casa con los bolsillos del revés, y negarlo además de mala hostia, me hace pensar que tendré que ir practicando bailecillos como los que hace el bueno de Jonathan para compensar lo inmenso que se ve un escenario cuando a él suben dos hombres solos. De momento ya estoy sentando las bases para un nuevo grupo, los "Estar Están" (¿mejor con S líquida, "Star Stan"? No, ¿no?), con unos amigos de Málaga, mientras rezo para que "Los Por Fin", que tantas alegrías me han dado desde el Festival del 2005, y pese a las dificultades que ya desde entonces suponen los 200 Km que nos separan y el pluriempleo que a todo buen músico le corresponde para sobrevivir, junto a mis intentos por mantener limpia de nicotina mi bocaza y los arranques de ira correspondientes, superen conmigo el largo y cálido verano, que allí en Sevilla provoca más de un acto desesperado también, que lo sé de buena tinta que sudaba. Y todo con la inestimable ayuda de la Guardia Civil y sus malditas multas. Llegar a Graus en un Buick, con un chófer con gorrita de plato. Eso habría sido magnífico. Pero estar al frente de un ejército con ataques de claustrofobia en un tanque bombardeado por las ondas de los peores radares… Ay. Todo llega y todo pasa.
Llegó un señor con una barca, una lancha fuera borda, ¿se dice así? Amarrada a una cuerda, una colchoneta hinchable hexagonal (¿por qué señala el puto Word la palabra "hinchable" como incorrecta? ¿Y la palabra "puto"? prometía la mayor de las diversiones. Fabián se quedó en la orilla haciendo fotos. No me he atrevido a enseñar una de ellas, el chalequillo salvavidas fosforito me estaba pequeño. Celebro que vuelva el técnico de sonido – fotógrafo. La barca zarpó despacito, para ganarse nuestra confianza. Cuando pisó el acelerador (o dio puño, o como quiera que se haga eso en ese trasto), los gritos inundaron el valle. En cada curva Pablo, Jordi, servidor y Javi (from left to right), chillábamos como si las lapas decidieran comunicarse de pronto con el mundo exterior después de siglos de silencio aferradas a las rocas o los cascos de los buques. También podía parecerse a un rodeo. En vez de un toro, cabalgábamos una manta raya. No logró que nos soltáramos hasta que en el centro del pantano dio la curva más cerrada que podía dar sin correr peligro él mismo y su señora, que se lo pasaba bomba. La manta volcó y salimos despedidos. En esas décimas de segundo pasan muchas cosas por la cabeza. La adrenalina que una muerte imaginaria hace que vertamos en la sangre nos tiene preparados para ella, y en esa minúscula fracción de tiempo nos despedimos sin querer del mundo cruel. Algo así debe de ser rodar con la furgoneta por alguna cuneta del país, decapitando las amapolas que recojo cuando paramos a descansar unos minutos, para decorar la figura de nuestro patrón, un Sr. Burns de plástico con el que "Los Por Fin" me acusan divertidamente de tacaño por lo del chófer. Pagar las multas no me divierte lo más mínimo, sobre todo porque yo "he tenido suerte en esta vida, más que nada con los picolos -¿de verdad hay quien prefiere los discos antiguos de chinarro?-, y jamás tuve ninguna sanción. Pero las cunetas están menos blandas que el agua de un embalse, y la alegría que tuve al sacar la cabeza del chalequillo amarillo, con una cara de tortuga asustada que no estaba al alcance de la Canon de Fabián, menos mal, sería de desesperación si saliese vivo de una curva mal dada por llegar tarde a una estúpida prueba de sonido. Me alegró tanto volver a ver las caras de los otros tres, como en la portada del disco murga ese de Slint… Y cómo volvimos a subir a la manta en el mismo orden, y volvimos a gritar a coro, en un coro que en las canciones se supone, mientras una de las camareras, la más enigmática, la que sugería historias de terror a las tantas, nos miraba desde el merendero, junto a la orilla.
Al atardecer y por la noche fue lo de "la roja". Las jarras de cerveza volaron, gentileza de la casa o de la Diputación de Huesca o Dios sabe de quién. Por fin la tele no asustaba con la muerte y nos unían las pelotas, aunque yo veo algo de manipulación en el nuevo nombre del equipo uniformado, paranoico que es uno. Y si la bandera de España era cosa maldita por un bando, parece que sólo pueda disculparse su existencia llevándola al otro, y así hasta que haya una nueva guerra. En estas tierras es muy difícil hacer cosas juntos, y hace nada y menos la gente huía bombardeada por esa carretera que veo si levanto la vista de las letras. Ahora estoy anunciando a la muerte yo. Me pasa por haber visto un poco la tele.
Luego cogí la guitarra y, en fin, ya saben.
Tocar, lo que se dice tocar, tocamos a las seis de la tarde. Una chica muy guapísima, una espectadora, parecía incómoda. Yo estaba pensando todo el rato que no podía darse cuenta de que la estaba mirando; llevaba gafas de sol, no para esconderme, sino para cantar cara al sol con la camisa vieja (me niego a ir a las rebajas). Luego supe que en eso estábamos los cuatro músicos de acuerdo, y nos pasamos la mitad del repertorio mirando a la misma. Ah, sí, la del chaleco amarillo también nos puso moscones. No pasaba tanto calor desde el verano del 2003, cuando decidí abandonar Sevilla para siempre. Para colmo, me vestí de negro. Hostias, estábamos a un tiro de piedra de los Pirineos, ¿cómo iba a saber que...? Y yo no viajo con una gran maleta, me gusta ir por la vida con lo puesto. Y con lo quitado. Y voy aprendiendo a no echar de menos nada. Pero sudé la gota gorda. Creo que el sonido fue impecable. En las ventanas del convento había animales disecados y de plástico que me recordaron las historias de bebés emparedados que de esos lugares se cuentan, porque hay cosas contra las que no conviene luchar.
En el primer festival tocamos a las 5 de la tarde. Han pasado trece años, trece, y seguimos tocando al sol. Aunque no haya más grupos: nosotros, al sol. Si no es por la nueva sensación del indie estatal, de la que he visto tantas veces su desaparición correspondiente, es por el fútbol.
Ahora los políticos pregonan acerca de la austeridad.
Yo sólo votaría a Diógenes el Cínico. Vida de perros.
Por eso pienso que llevar un Ford Ka siempre es conveniente.
Escrito por Antonio Luque
a las 8:57 |
|
|
|
|  |
|
|